-Andrius, tengo... tengo miedo.
Se detuvo y se volvió para mirarme.
-No. No tengas miedo. No les des nada, Lina, ni siquiera tu miedo.
Según leí esta conversación tuve claro que era lo que iba a poner en el blog. ¿No os parece una frase para enmarcar?
Hay veces que al terminar un libro pienso: "y ahora, ¿cómo hago para escribir una reseña que le haga justicia?" Pues bien con Entre tonos de gris me ha pasado eso, y es que la historia que Lina nos cuenta no puede dejar indiferente a nadie.
En este caso también me complica mucho la tarea mi ignorancia sobre lo que ocurrió en esa época a los Estados bálticos, que en palabras de la autora, sencillamente, desaparecieron de los mapas.
Lina, su hermano Jonas y la madre de ambos, son obligados a salir de su casa en Lituania en mitad de la noche. Los soldados del NKVD que van a buscarles les dejan nada más que unos minutos para coger una maleta con lo necesario. Los niños no saben a dónde van, pero la madre les orienta, hay que coger ropa de abrigo y cosas útiles como zapatos y calcetines. Para Lina lo más importante es el dibujo, le encanta dibujar, y va camino de convertirse en una gran artista así que coge papel y lápices. Una vez en la calle les meten en un camión junto con otros presos y les hacen esperar ahí durante horas. En el camión conocemos a la mayoría de personajes: una señora con su hijo, un hombre calvo que no hace más que refunfuñar, una mujer con su bebé recién nacido, una bibliotecaria, en definitiva, gente corriente acusada de ser ladrones y prostitutas. Un niño de once años es un ladrón y una bebé de horas es una prostituta. Así de terrible fue en realidad...
Después del camión pasan a un vagón de tren donde encontramos al resto de personajes: una niña con su muñeca, una mujer gruñona con dos hijas, un hombre que le da cuerda a su reloj. Todos están en ese vagón por lo mismo y todos van a correr la misma suerte. Van a un campo de trabajo en Rusia. A una plantación de remolachas.
A lo largo de los días las historias se van sucediendo. Conoceremos con más detalle tanto a la protagonista como a su familia y a sus nuevos amigos. Al estar contado en primera persona sabemos en todo momento lo que piensa y lo que sería capaz de hacer por tener un trozo de pan duro que llevarse a la boca. Creo que yo en una situación así habría desesperado. Intento pensar en lo que vivió esa gente y no soy capaz de imaginarlo. Demasiada dosis de realidad para querer siquiera imaginarlo...
Los personajes me han gustado mucho y todos terminan por ser importantes de algún modo, los afables, los gruñones, los nerviosos, todos tienen un papel importante que desempeñar y todos lo hacen a la perfección. Los guardias del NKVD son odiosos y así los recordaré siempre. Tanta maldad en un solo ser humano no tendría que estar permitida. Los presos son personas normales con sus debilidades y fortalezas, e igual que a estos últimos no se les premia por ser fuertes o valientes, a los débiles tampoco se les puede acusar de serlo. Cada uno es como es, y en una situación como la que el libro describe, cada uno actúa de la manera que cree más conveniente.
En los ratos libres que tienen, que no son muchos, Lina se dedica a dibujar lo que ve: la gente, los campos, todo. No quiere olvidar y no deja una sola persona sin pintar. También es una forma de llegar a su padre porque sabe que él reconocerá un dibujo suyo en cualquier parte, así que hace dibujos en cortezas de árboles que se encuentra en el suelo y los firma. Después lo entrega a alguien para que ese alguien se lo entregue a otra persona y al final pueda llegar a su padre en algún momento. Esta idea me pareció preciosa.
Al final de algunos capítulos aparecen en cursiva algunos párrafos contándonos algún recuerdo, siempre relacionados con su padre y los amigos de su padre hablando de política, de sus estudios para pintora y de su prima, que también es su mejor amiga. Me ha gustado mucho esta fórmula para contar dos historias que, por supuesto, están relacionadas entre ellas.
En resumen, este libro no me ha gustado, me ha encantado. No sólo es lo que cuenta, sino cómo lo cuenta. Eso es lo que te hace que te quedes pegada a las hojas de papel y no puedas dejar de leer. Ver que a pesar de todas las miserias y todo lo malo que les pasa intentan mantenerse unidos y mantener el sentido del humor, y que aunque nadie tiene nada todos se ayudan unos a otros cuando es necesario. Es algo que realmente emociona.
Y ya está, voy a dejarlo aquí, aunque podría seguir hablando de este libro y no me cansaría de hacerlo. Es una historia preciosa, emotiva, tierna, desgarradora y cruel, pero sobre todo es una historia que nos enseña que es verdad que la unión hace la fuerza y que ni siquiera en los peores momentos estamos solos.
-Patético, sí, y pese a todo sobrevivo. Es obvio que ese es mi castigo, sobrevivir. Tiene que serlo. Esta mujer cierra los ojos, y ya está, se va. Yo he deseado morir desde el primer día, y pese a todo sobrevivo. De verdad, ¿tan difícil es morir?
Traducción de Isabel González-Gallarza

